miércoles, 7 de septiembre de 2011

Testamento Emocional


Con el tiempo hemos aprendido a tratar, en familia o en público, temas que durante mucho tiempo se consideraron como tabú, asuntos de los que ni en privado era permitido abordar, la educación de los hijos, las relaciones de pareja, el sexo, y muchos otros. Sin embargo, a pesar de todo eso, seguimos rehusándonos a hablar de la muerte, de la muerte propia o de la de los seres que amamos.

Todos sabemos que el proceso de nuestra muerte se inicia en el momento mismo en el que nacemos y hay quien está convencido que es desde que somos concebidos, pero al evitar hablar de estos temas, a veces dejamos, sin quererlo, enormes responsabilidades a quienes nos rodean, responsabilidades tales como poner en sus manos el poder de decidir cosas tan fuertes, íntimas y personales como lo es nuestra propia vida.

Nunca sabemos que nos depara el destino o cómo podría presentarse el final de nuestros días. Tal vez no nos gustaría vivir dependiendo de máquinas para respirar o que nos mantuvieran intubados o llenos de aparatos que nos alimentaran aramente que preferiríamos que se hiciera con nuestros restos, o lo decimos un poco al aire, como si al omitir el tema, hiciéramos posible evitar lo inevitable.





Dos profundas transformaciones determinan el curso de nuestra vida: una es el nacimiento, la otra; la muerte y ambas son momentos de cambios radicales.

La idea del nacer y el morir nos llena de sentimientos; sentimientos que invocan pensamientos y emociones que rara vez alcanzamos a vislumbrar en nuestra experiencia. El nacimiento de un hijo, la muerte de un ser querido o la perspectiva de la inminencia de nuestra propia muerte son eventos que, inevitablemente, recibiremos con alguna clase de sentimientos.

Ambos son momentos de suma vulnerabilidad, sin embargo tenemos la posibilidad de asumir un grado de responsabilidad superior en el curso de estos acontecimientos, y en la muerte, participar inteligentemente en la toma de decisiones y aceptar de manera realista los hechos que podrían suceder o las situaciones que se podrían presentar.

No cree que sería tiempo de hacer reflexiones profundas acerca de ¿cómo queremos que nos traten en éstos momentos clave?

La mayoría de las personas postergan estas decisiones. Cuando tus deseos no han quedado registrados, tus seres queridos deben decidir qué hacer y si no se han hablado de estos temas, pueden estallar dolorosas discusiones en momentos en que el dolor, la desesperación y el nulo razonamiento se hacen presentes; momentos en los cuales la unión es un factor importante. Entonces ¿Por qué no ayudar a quienes más queremos con el mayor gesto de generosidad y gratitud hacia ellos: redactando tus deseos lo antes posible?

Aún gozando de buena salud, hoy es un buen momento de preguntarnos:

  • ¿Es importante para mí el entorno en que moriré?
  • ¿Preferiría morir en hospital, casa o residencia especializada?
  • ¿Me gustaría ver a algunas personas en especial antes de morir?
  • ¿Desearía resolver algún asunto con determinada persona?
  • ¿Qué actitud me gustaría que adoptaran con mi muerte?
  • ¿Hay algo que deseo que los demás hagan por mí?



Por naturaleza, estas actitudes abren la puerta a la generosidad del espíritu y nos dan la oportunidad de reflexionar sobre qué poseemos en realidad, en el sentido más profundo de la expresión.

Tomar cierto grado de control en las últimas etapas de la vida, nos permitirá poder disfrutar al no dejar problemas a los demás.

La redacción de un testamento de vida tiene beneficios inmediatos. Es una forma constructiva de reflexionar sobre la muerte y la elección personal de momentos que quizá estén por llegar.

By Alicia Vela - Tanatóloga

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